Jade May Hoey

1974-2004

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18.9.06

A medio trecho

El sábado no volví a casa sino hasta bien entrado el domingo. No me fijé la hora pero a juzgar por la claridad que tanto daño le hacía a mis ojos, serían las seis y media o las siete. Llevo varios días triste así que tomé algo más de la cuenta. Eso lo supe al poco rato de llegar, cuando sólo atiné a quitarme los zapatos y la ropa para lanzarme en búsqueda desesperada de los restos de lo que fuera el último atado de cigarrillos que he comprado en mi vida, bah, hasta ahora. Deben quedar unos diez, lo que me dio bastante tranquilidad. Movido por la inercia, busqué en mis bolsillos el encendedor que hace un par de meses ya no llevo encima. Fui a la cocina. Encendí una hornalla. Me incliné con el pucho en la boca sobre la hornalla porque en mis tiempos de fumador siempre he sido renuente a todo lo que no fuera la concomitancia entre el acto de acercar el fuego al cigarrillo y disponer de él con una pitada enérgica, tal que el pucho, por un momento, se viniera sobre mi nariz ante la presión de los labios.
Me olvidaba, al acercar mi cabeza a la hornalla, que hace dos meses que no fumo y en ese ínterin no me he cortado el pelo, que ya hace dos meses tenía un largo más que respetable. Cuando me di cuenta de eso, sólo atiné a pensar que ya estamos a las puertas de la primavera y no puedo postergar mucho más la visita a un peluquero. No a cualquiera en realidad, sino al que me atiende desde hace años, que en su tiempo supo atender sólo a gente copetuda pero, tras el derrumbe del pueblo y todo eso que ya he contado cientas de veces, la necesidad ha querido que tenga que atender a cualquiera, incluso a mí, que hace veinte años no era digno de él. Por supuesto, para visitarlo debería viajar y para viajar debería recomponer las relaciones maltrechas pero antes de eso debería pensar un poco en ver qué es lo que hago conmigo durante los meses que le quedan a este año. Y así se van los días, las noches y yo sin saber debajo de qué mesa esconderme.
Pité una vez más y ya iba rumbo a mi cama, una más y me metí al baño. Miré mi cara en el espejo. Tenía el pelo graso como nunca, el tono negrusco de las ojeras ganaba buena parte de la cara, los ojos cansados, la boca pegajosa que recordaba a ese ineludible último vaso de vodka sin hielo. Pité por tercera vez y no pude evitar el asco. Eché el cigarrillo prendido al inodoro y me detuve un momento a contemplar su agonía, ese hilo de nicotina que se va desgajando en el líquido. Oriné.
Pensé que en los otros intentos que hice por echarle calma a la ansiedad también atiné a desprenderme del cigarrillo a la tercera pitada. Esas veces lo hacía en defensa propia. En cierto modo sabía que una cuarta pitada me acercaría a la reincidencia y eso no es lo que yo me proponía. Esta vez fue distinto. Esta vez me di cuenta que estoy en un punto en que me cuesta fumar tanto como antes me costaba dejar de hacerlo. Pero si puede vencer eso que parecía imposibilidad, bien podría quebrar esto, que no es más que una dificultad.

Comments on "A medio trecho"

 

Blogger la enmascarada said ... (19/9/06 10:00) : 

Dejar de fumar y dejar de estar triste. Pueden parecer imposibles, pero solamente son difìciles.
Che, qué lindo cambio en el template!
Beta blogger?

 

Blogger paula said ... (19/9/06 10:08) : 

una sola cosa, fander. cuando uno atraviesa una situación como la que le relatás, tenés que tener en cuenta que en esas ocasiones está prohibido mirarse al espejo.

 

Anonymous maray said ... (19/9/06 11:14) : 

me alegro, jorge!! Un beso grande

 

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